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No se si recuerdas el patio interior de la confitería Innsbruck en donde las mesas están dispuestas alrededor de una fuente central.
Justamente desde este lugar escribo este e-mail tratando de comunicarme contigo.
Estoy solo, a pesar de la cantidad de parroquianos que parlotean iluminados por las tenues luces de las candelas y de turistas que deambulan buscando a Godot entre las vidrieras iluminadas de las grandes marcas.
Estoy solo gozando de la paz, del aire fresco que corre entre mis piernas desnudas (estoy en bermudas) y del no hacer nada.
De pronto… ¡Oh, maldición! una imagen me paraliza.
Veo que se aproxima caminando una familia con chicos bien vestidos; elegantes todos; de rostros lindos; de modales y gestos medidos.
Algo especial en este grupo familiar concentra mi atención. Una nena, hermosa, de unos 7 años, rubia, de pelito largo, camina con muchísima dificultad. Tiene en ambas piernas aparatos ortopédicos que la sostienen para poder caminar. Se ayuda con un par de bastones que se sujetan a sus brazos. Su rostro transmite toda la pena y la tristeza que aún no ha sido intelectualizada. Pasa y mira sin mirar, ensimismada, agotada por el esfuerzo.
El rostro de su madre que camina junto a ella y el de su abuela que camina un poco más retrasada, parecen querer volcar toda esa cantidad acumulada de llanto que se contiene y se contiene en un envase de goma que se agranda y se agranda.... hasta que estalla.
Siento que al pasar la abuela le dice con ternura:
—¿Querés tomar algo fresco Marita?
—¡No! —contesta Marita algo molesta
Los que observamos la escena sentimos el peso de nuestra culpas acicaladas, perfumadas con finas lavandas, bronceadas con el sol de la playa, comunicadas con gadgets touch 3G, musicalizadas con MP3 y MP4 y registradas con imágenes JPG de 8Mb. Culpas de última generación que se volatilizan con la misma fuerza con que nacieron.
¡Qué asco ser un hombre actual! —me digo. Si pudiera ser un perro. Tan sólo un perro callejero.
No pude contener mis lágrimas (soy presa fácil del llanto). Dejé de escribir, y me quedé paralizado con la cabeza gacha por un largo tiempo, apoyada entre mis dos manos, tratando de encontrar alguna explicación. El mundo circundante había desaparecido por completo. Me sentía en medio de la nada.
¿Qué Dios misericordioso y bueno pudo regalarle a este inocente niño ( a sus padres, y a sus hermanos) semejante destino?
¿Qué sentido tiene, de aquí en más, cualquier queja que pudiera formularme?
¡Por Dios! cuánto dolor callado en este niño, en estos rostros familiares. ¡Cuánto dolor en este mundo! Y nosotros tan orondos, tan felices; tan satisfechos con nuestros egoísmos de circunstancias, tan alejados de nuestra condición humana.
Sólo me quedó gritar, como desahogo:
¡LA-MADRE-QUE-LO-PARIÓ-A-ESTE-DIOS-BUENO-A-TODA-SU-MITOLOGÍA-DEL-AMOR-Y-DE-LA-AUSENCIA-DEL-MAL...!
(A partir de este momento mis días estarán troquelados por esta escena que espero no olvidar jamás, para no perderme en el fárrago alienante de la queja vacía, ajena a esta realidad subyacente que marca los pasos de una existencia trágica que no queremos ver; siempre presente; hasta nuestro último suspiro…)
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Pinamar, 19 de enero de 2010
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